Recopilación de Textos

El Exilio Como Puente........

Mercè Vidal

Emergencia de unas directrices en el diseño catalán y latinoamericano, a mediados de los años 30. El exilio como puente
[Mercè Vidal. II Reunión de Historiadores y Estudiosos del Diseño "Emergencia de las Historias Regionales" (La Habana, Cuba), Junio 2000]
[...] 5. La pervivencia en Latinoamérica.
La emergencia de unas directrices iniciadas, a partir de 1934-35, en el seno del GATCPAC, mantendrán su vigencia en el contexto latinoamericano. Cuando algunos de sus protagonistas por las circunstancias políticas -Guerra Civil Española (1936-1939) y Segunda Guerra Mundial- se verán obligados a emprender el exilio.
Nos referimos a Germà Rodríguez Arias, exiliado durante algunos años en Santiago de Chile, y a su vinculación con "Muebles 'SUR'"; una empresa creada, en 1943, también por exiliados catalanes (Tarragó, Labayen y, poco después, se integraría Aguadé). [...]
Otro caso importante a destacar sería el de Antoni Bonet Castellana y su aportación a la arquitectura y diseño argentino; primero a través de su contribución a la creación, en Buenos Aires, del Grupo Austral (1938) y, poco después, con los trabajos realizados en distintos puntos del país y en Uruguay.
En una carta escrita desde París (febrero de 1938), poco antes de su marcha a Buenos Aires, dirigida a su amigo y compañero del GATCPAC, Josep Torres Clavé, entre otras cosas indica algo que me parece primordial para terminar de perfilar lo qué supuso -para quién llegó a entenderlo verdaderamente- la reorientación que marcó de 1934 a 1937 la actividad del GATCPAC.

Bonet señalaba la conclusión a la cual había llegado, junto a otro compañero en París, en "la búsqueda de nuevos caminos para hacer avanzar la Arquitectura". Decía: "Tomamos como base lo que siempre hemos llamado "Arquitectura Moderna", es decir, "Le Corbusier". Desde aquí nos vamos hacia el campo psicológico (llegando en un cierto sentido hasta el surrealismo). Éste podría ser el sentido filosófico de nuestra arquitectura.
Plásticamente intentamos dar el máximo valor escultórico a las formas arquitectónicas y damos una importancia primordial al color". Y añade: "Todo esto, explicado en 4 líneas, podría alarmarte y hacerte pensar que me he vuelto loco como todos esos que corren por ahí en Montparnasse". Aunque la carta es más extensa y el mismo Bonet le indica que, en Buenos Aires, con sus jóvenes amigos arquitectos piensa crear algo parecido al GATCPAC, y así fue como surgió allí el Grupo Austral, me interesaba destacar lo que señalaba Bonet. De hecho reafirmaría esa nueva dimensión desde la cual abordar el hecho proyectual -ya sea arquitectura o mobiliario- sin sucumbir a restricciones ortodoxas, sino todo lo contrario. Convertir la modernidad en una búsqueda que, en este caso, reencuentra en el subconsciente individual y/o colectivo su referente.
Mi intervención termina, pues, haciendo referencia a una fotografia, no sé si realizada por el mismo Antoni Bonet, pero, en cualquier caso, sí, que diría guiada por él. Se trata de su taller-estudio en Buenos Aires, ubicado en el ático del edificio que él mismo, junto a Vera Barros y López Chas, construyeron en la esquina de las calles Paraguay y Suipacha, en la ciudad de Buenos Aires. Un espacio delimitado por bóvedas casi parabólicas -que evocan ese mundo onírico tan afín a Gaudí-, donde la silla "BKF" -de Bonet, Kurchan y Ferrari-Hardoy- denominada, entonces, también como "Modelo Austral" dando, así, primacía al espíritu de colectivo -tema que desarrollé en la "1era. Reunión Científica de Historiadores y Estudiosos del Diseño" (Barcelona, primavera de 1999)- convive junto a unos pocos elementos de una gran simplicidad y donde reaparece aquel mobiliario popular de raíz mediterránea. Donde, nuevamente, aquel "regionalismo" emergía como signo de la modernidad.

font: http://www.dancingmind.co.uk/cuba%202000/Ponencias/P%20Merce%20Vidal.htm 
















Antoni Bonet 


[Oriol Bohigas. El País, 16 de Noviembre, 2005] 
Oriol Bohigas

Hace pocas semanas se celebró en Barcelona el simposio El GATCPAC y su tiempo, organizado por Docomomo Ibérico y el Colegio de Arquitectos, bajo la dirección de Antonio Pizza. A pesar de los estudios recientes sobre el tema, se han vertido ahora nuevos datos, especialmente en la consideración del entorno y las consecuencias del movimiento, lo cual ha permitido entender a los arquitectos del GATCPAC como un sector específico dentro de una modernidad general de los años treinta, apoyada en la fuerza intelectual de la II República y la autonomía catalana. La especificidad de este sector se puede definir de muchas maneras. Una de ellas se refiere a sus posiciones metodológicas y estilísticas: el establecimiento de modelos generales para una cierta reforma social, más allá de la puntualización de cada proyecto, y la adscripción a un lenguaje de ruptura ya casi codificado que no admitía modernidades superficiales y se sumaba, en cambio, a la revolución formal de las vanguardias, especialmente bajo la maestría incuestionable de Le Corbusier.
Pero hay otra manera de entender el alcance de la modernidad del GATCPAC, más allá de los términos lingüísticos y de la funcionalidad socialmente generalizable: el convencimiento de que la arquitectura y el urbanismo eficaces para la reforma social se debía articular con el poder político. Le Corbusier fue durante toda su vida un practicante de ese compromiso, de esa voluntad de trabajar con y para los gobiernos establecidos, superando incluso diferencias ideológicas. Los planes de París, la ciudad de Chandigarh, los proyectos suramericanos fueron revoluciones urbanísticas que dependían de la acción de los gobiernos y la condicionaban. Josep Lluís Sert, el capitoste indiscutible del GATCPAC, fue otro practicante conspicuo del sistema: comprometió a la Generalitat en el Plan Macià de Barcelona y luego trabajó en América Latina para imponer desde EE UU planes urbanísticos a ciudades no precisamente regidas por gobiernos progresistas, sino por tiranías ignominiosas. Lo importante era no limitarse a la pequeña experimentación de la obra privada, sino alcanzar la envergadura pública.
Los arquitectos del GATCPAC tuvieron la suerte de coincidir en Cataluña con un gobierno de izquierdas, aureolado incluso por algunos martirios reaccionarios. Me pregunto qué papel habrían hecho con un gobierno de otro cariz. Seguramente, hubieran intentado también su apoyo, sin las facilidades de las coincidencias ideológicas. Es decir, hubieran actuado con esperanza testimonial, reafirmando la obra pública al servicio de una política social, aunque fuese con contradicciones ideológicas.

Al lado de Sert había otros dos activistas en este sentido: Torres Clavé -fallecido en las trincheras- y el jovencísimo Antoni Bonet, que se inscribió en el GATCPAC a sus 20 años, cuando todavía era estudiante, que pudo demostrar esa vital obcecación a lo largo de su carrera profesional, hasta su fallecimiento en 1989. Se han publicado más de media docena de monografías y se han celebrado algunas exposiciones -en Argentina y en Cataluña-, pero Bonet sigue poco citado en las referencias antológicas del GATCPAC y del renacimiento de nuestra arquitectura a partir de los años sesenta, seguramente porque su complicada biografía y su distancia generacional lo marginan de los textos habituales, y ha sido uno de los arquitectos españoles más sobresalientes del siglo XX español. Exiliado desde 1938 a Argentina, se proclamó enseguida delantero del movimiento racionalista pilotando el grupo Austral, construyendo una serie sorprendente de edificios -desarrollados según los principios lecorbuserianos transidos de referencias regionales y reconversiones menos adustas- y resolviendo temas territoriales tan significativos como Punta Ballena en Uruguay y aceptando del presidente Juan Domingo Perón el encargo de la reforma de toda la zona sur de Buenos Aires, un proyecto de enorme envergadura que no se aprovechó a pesar de ofrecer las bases para un compromiso gubernamental.
De vuelta a Barcelona, sorprendió a toda su generación con una serie de casas que permanecen en las antologías más exigentes, como La Ricarda en El Prat o la Cruylles en Aiguablava, que avalan la continuidad de los principios y las enseñanzas del GATCPAC bajo la sombra lecorbuseriana. Pero donde perduran mejor es en las grandes propuestas urbanísticas para Madrid, para La Manga del mar Menor y, sobre todo, para una Barcelona que estaba en sus momentos más bajos. No se resignó a la inmovilidad y se arriesgó a dialogar con el alcalde José María Porcioles. El Plan de la Ribera y el Plan de la Zona sur de Montjuïc marcaron las primeras expectativas para el frente marítimo de Barcelona, y la torre de Urquinaona fue uno de los pocos edificios singulares bien enhebrados en la trama Cerdá.
Es, pues, evidente el papel de Bonet como impulsor de grandes proyectos públicos, pero, aunque su complicado itinerario autobiográfico le haya dificultado el debido reconocimiento universal, también hay que considerarlo un artista de elevado calibre en un momento decisivo para la arquitectura en el que el racionalismo generaba nuevas tendencias.

font: http://www.elpais.es/articulo/elpepiautcat/20051116elpcat_10/Tes/


La Solana del Mar y La Ricarda 

[Oriol Bohigas, arquitecto. El País, 17 de Septiembre, 2008]
Oriol Bohigas
 

Han llegado hasta aquí persistentes rumores de una protesta colectiva contra la degradación y la destrucción parcial de uno de los edificios más significativos de la arquitectura moderna en Uruguay y seguramente en toda la América Latina: La Solana del Mar, en Punta Ballena, obra del catalán Antoni Bonet (1913-1989).
Josep Lluís Sert y Antoni Bonet fueron, en dos etapas muy próximas y consecutivas, los mejores representantes en el Estado español del Movimiento Moderno, los arquitectos con mayor cultura internacional y con una sensibilidad extraordinaria que les permitió elaborar la evolución de los iniciales dogmas racionalistas hacia la reintegración crítica de las realidades locales, las tradiciones constructivas y el complejo identitario del genius loci, en lucha contra el amaneramiento del International Style. Los dos sufrieron el exilio después de la Guerra Civil y desarrollaron su obra en América hasta que retornaron a Cataluña, donde pudieron volver a trabajar, con intervalos sucesivos pero con obras significativas y sin duda muy valiosas.
Una de las obras que catapultaron a Bonet al prestigio internacional fue, precisamente, la urbanización de Punta Ballena, construida en los años cuarenta en un paraje todavía inmaculado de una belleza sorprendente. En los últimos años esa belleza natural ha sido gravemente mutilada por la especulación turística adocenada y abusiva. A pesar de ello, el conjunto de la urbanización, las viviendas privadas proyectadas por Bonet y el centro social de la colonia -la Solana del Mar- han mantenido su presencia activa, si no en el nivel de uso que prometían, por lo menos como testimonio de una aventura cultural en el paisaje y en la forma de vida. Parece, no obstante, que la degradación y la ausencia de una protección oficial están afectando al conjunto, sobre todo al edificio central, de carácter más comunitario y, en cierta manera, más representativo.
Desgraciadamente, la obra de los arquitectos hay que juzgarla teniendo en cuenta el complicado itinerario de fracasos y encargos interrumpidos. Los dos proyectos urbanísticos más ambiciosos de Bonet fueron el Plan de Buenos Aires de la época de Perón y el Plan de la Ribera en Barcelona de la época de Porcioles. Ninguno de los dos llegó a realizarse a pesar de los buenos apoyos políticos y económicos, y del interés programático de las propuestas. En ambos estableció una nueva fidelidad a los principios del urbanismo racionalista o funcional, condicionados, no obstante, a un inicial realismo estructural y estético, por lo cual pueden todavía citarse como testigos de un momento crucial en la evolución de los nuevos asentamientos urbanos y en la rehabilitación de los antiguos, adictos a la esencia del lecorbusierismo, pero tendentes al reconocimiento de una urbanidad más consensuada.

Esa misma actitud -con las variantes impuestas por el tema- se descubre también en las diversas viviendas unifamiliares que Bonet construyó en Cataluña. Entre ellas, las más representativas son la Casa Gomis, en La Ricarda, junto al aeropuerto de El Prat, y la Casa Cruïlles, en una playa de Aiguablava, dos obras maestras indiscutibles, adaptadas a las exigencias del paisaje, definidas con racionalidad geométrica, construidas con sistemas de bóvedas según tradiciones locales, enmarcadas en un lenguaje a la vez radicalmente innovador y pudorosamente tradicional. A la torre de la plaza de Urquinaona -una de las mejores obras de la época incierta de los "edificios singulares"- podrían aplicarse los mismos adjetivos.
La maravillosa casa de La Ricarda, ante los cambios del aeropuerto y la proximidad de las nuevas pistas, las normativas de la costa y la depauperación ambiental, ha dejado de funcionar como una vivienda unifamiliar estable, pero se mantiene con dificultades como un modelo paradigmático. El profesor Jordi Garcés inicia cada año su curso en la Escuela de Arquitectura acompañando a todos sus alumnos a visitar esa casa y a analizar los parámetros estilísticos y metodológicos que pueden ser todavía el sustento de un programa pedagógico. Es un monumento, por tanto, que hay que conservar y potenciar con inteligencia y con sentido de la historia. Y en este caso la conservación pasa ineludiblemente por destinarle un uso más colectivo -más histórico- que supere los residuos de una vivienda familiar, hoy día ya prácticamente imposible. Sé que ha habido gestiones con la Generalitat, el Ayuntamiento de El Prat, la Universidad Politécnica y el Colegio de Arquitectos para definir y promover institucionalmente esos nuevos usos, sin resultados positivos. Parece que la propiedad está dispuesta a colaborar y, de momento, mantiene la estabilidad y el valor paisajístico de esa joya de la arquitectura. Pero no es suficiente: el único camino eficaz para mantener un monumento que ha perdido su uso es aplicarle otra función adecuada y compatible.
Evidentemente, tenemos que sumarnos a la llamada colectiva en defensa de La Solana del Mar y de todo el conjunto de Punta Ballena, pero en paralelo tendríamos que preocuparnos fundamentalmente de La Ricarda y, en segundo término, de otras obras de Bonet construidas en Cataluña que pueden estar en peligro de decadencia e incluso de ruina. Casi siempre la solución será encontrar nuevos usos a las edificaciones que se han convertido parcialmente en obsoletas, porque, sin un contenido adecuado, la arquitectura se momifica y acaba en una extemporánea y difícil pieza de museo insostenible o en una ruina ni siquiera aureolada por un contexto romántico.

font:http://www.elpais.com/articulo/cataluna/Solana/Mar/Ricarda/elpepuespcat/20080917elpcat_4/Tes 









PUNTA BALLENA


Silvina Pini 

En Punta Ballena, arte, música, arquitectura, diseño y gastronomía con fuerte influencia catalana demuestran que no todo es una cola bonita en Punta del Este.
El lugar común es identificar Punta del Este con las celebrities fotografiadas in fraganti en las playas de José Ignacio o con perfectas colas veinteañeras en Montoya, pero la ciudad tiene historias menos conocidas. Punta Ballena, donde termina o empieza la bahía de Portezuelo, ha sido un punto clave en el desarrollo de Maldonado y su influencia muda llega hasta hoy. Arquitectura, arte, gastronomía y música son en esta parte de Punta una consecuencia de la radicación de inmigrantes catalanes en la década del 40 y 50 que huían de la Guerra Civil española: el arquitecto Antonio Bonet, la actriz Margarita Xirgu y Juan Ferreres, padre de la familia a la que pertenece hoy el restaurante y enclave de jazz Medio y Medio.
La zona sigue siendo la más tranquila y tal vez la más refinada de Punta del Este.
A fines del siglo XIX, Antonio Lussich, poeta, escritor e hijo de un empresario naviero, se compró toda Punta Ballena. El hombre tenía 50 años, mucho dinero, ocho hijas mujeres y un varón. Medio siglo más tarde, sus hijas decidieron vender las 1.600 hectáreas a cinco argentinos. La única manera de llegar era por hidroavión, que acuatizaba en la laguna del Sauce. Los argentinos formaron la empresa Ballena S.A, con oficina en la calle Florida 550, número telefónico 32, y planificaron el loteo y urbanización.
Claro que los socios de Ballena S.A. necesitaban un lugar donde dormir cuando viajaban a mostrar las tierras y, lo mínimo, un saloncito de té y oficina para conversar con los potenciales compradores que se tomaban el trabajo de ir hasta allí.
Se les ocurrió entonces contratar a un joven arquitecto catalán, Antoni Bonet i Castellana, más conocido como Antonio Bonet, que por entonces tenía 32 años, y no sólo le encargaron la construcción de la casa, sino la urbanización de la zona.
Si bien el catalán ya se había destacado en Buenos Aires en la década del 30, no podían saber que su nombre se convertiría en marca registrada, su obra sería estudiada en todo el
mundo y esa casa que le encargaban, con cinco dormitorios - uno para cada socio- sería material de estudio obligatorio en varias facultades de arquitectura.
Hoy ese edificio es el hotel La Solana, que ha reabierto sus puertas después de sortear una polémica reforma que desató cataratas de mail de académicos de todo el mundo que veían
en la intervención del edificio una profanación imperdonable.
Hebert Bibiloni, yerno del argentino Rodolfo Merzario, dueño del edificio desde 1973, evoca el asombro de un arquitecto francés que recorrió la casa pensando que era un museo.
Cuando se enteró de que podía dormir allí, abrió los ojos de par en par. "En Europa te obligarían a caminar sin zapatos," dijo el hombre y se hospedó una semana.
Cuando Bonet llegó a la zona, en la que no había nada más que la casa de los Lussich, trazó un triángulo imaginario entre el mar, la tierra y la laguna del Sauce y en uno de sus vértices, sobre la playa, construyó este edificio recostado sobre un médano. Estudios recientes de feng shui revelan que el punto elegido por Bonet atrae una energía particular. El catalán aprovechó la diferencia natural de altura entre un extremo y otro de la casa para armar dos salones, uno flotando sobre el otro y conectados por una gran chimenea central. Impresiona advertir que su estilo racionalista sería la envidia de cualquier arquitecto hoy y que, como todo lo que está tocado por el talento, permanece inmune al paso del tiempo.
El hotel cuenta con cinco habitaciones que dan a la playa y un departamento en la terraza con todos los chiches high tech del siglo XXI, incluidos wi fi, plasmas y DVD en cada habitación.
Sin embargo, esta reforma que tomó once meses y numerosas reuniones con la comisión de arquitectos de la intendencia de Maldonado y de la oficina de Patrimonio Histórico hasta
lograr la autorización de los planos, mantiene intacto el espíritu de Bonet. Y el edificio no sólo sigue siendo un Bonet auténtico en la fachada: la decoración sumó con buen criterio mobiliario nuevo y sobrio que combinó con numerosos muebles y lámparas originales que diseñó el catalán y que hoy pueden usarse tal cual lo hacían quienes vivían y visitaban la casa en 1947. Entre ellos hay butacas con y sin apoyabrazos, una mesa baja redonda, un puf, una banqueta, una mesa de vidrio y -lo más conocido de todo- sillones BKF, un clásico de clásicos diseñado junto con los arquitectos Kurchan y Ferrari Hardoy, del que hay dos en cada habitación.
Bonet había conocido a los argentinos Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy en París, en el estudio de Le Corbusier. Ya en Buenos Aires, el trío fundó el grupo Austral y en 1939 publicó
el manifiesto “Voluntad y Acción”, en el que defendían valores del surrealismo, la formación racionalista de los arquitectos y la importancia de incorporar "las necesidades psicológicas del individuo al funcionalismo estricto del movimiento moderno".
Justamente Rodolfo Merzario -nacido en Necochea-, Juan Ferreres y un tercer argentino fueron los administradores del proyecto desde el inicio, en 1945. Los lotes se fueron vendiendo en cuotas, sobre todo a argentinos. Durante la presidencia de Perón no se podía sacar divisas del país, las cuotas quedaban impagas y los lotes volvían a las manos originales. Finalmente, los socios fueron vendiendo las acciones y Ferreres se quedó con lotes y Merzario con la casa que en 1973 destinó a hostería y restaurante. Sobrevino una época de oro de Solana del mar, nombre original puesto por el propio Bonet, cuando las mujeres iban a cenar vestidas de largo, los mozos atendían de smoking, la mantelería era de hilo y los cubiertos de plata.
Juan Ferreres, de 92 años y único sobreviviente de aquella época, se dedicó al paisajismo. Entre el centenar de jardines que diseñó, estuvo el de una catalana muy especial: Margarita
Xirgu, la actriz preferida de Federico García Lorca y su amiga íntima. En 1936, cuando ella y su compañía iniciaron una gira por Cuba y el estallido de la guerra civil era inminente, lo invitó especialmente a Lorca para que los acompañara, pero el poeta se negó porque estaba terminando de escribir La casa de Bernarda Alba. Nunca más volverían a verse. García Lorca
fue fusilado el 19 de agosto de 1936 y Xirgu jamás regresó a España. Los 13 años que siguieron deambuló por toda América hasta que en 1950 fue por primera vez a Punta del Este invitada por su amigo, el poeta Rafael Alberti. En casa de Alberti conoció a otros exiliados españoles, entre ellos a Antonio Bonet y al médico catalán Juan Cuatrecasas. La Xirgu se hizo amiga de todos y en la casa del médico, construida también por Bonet en 1947, había una habitación para ella y su marido.
Tan cómoda se sintió en Punta Ballena que tres años más tarde, Xirgu construyó su propia casa, la primera en el exilio, frente a la de Cuatrecasas. Seguramente la mezcla de bosque,
sierra y mar le recordaba su Cataluña natal, aunque ella no se cansaba de decir “qué sabios eran los griegos, no te mataban, te exiliaban”.
El arquitecto fue Guillermo Jones Ordiozola y la casa contaba con dos dormitorios y un jardín diseñado por el paisajista Ferreres, apodado "el sordo". Ferreres eligió para Xirgu araucarias, robles, álamos plateados, un cedro azul y un castaño de la India y la propia actriz agregó un rosal de Sevilla que daba flores naranjas en verano. En esta casa la actriz y su marido fueron felices: recibían a sus amigos, el actor catalán Alberto Closas, a Alberti y a Pablo Neruda. En 1959, cuando tenía 72 años, se instaló definitivamente en la casa. Le gustaba leer en el jardín o junto a la chimenea, caminaba mucho por la playa y rara vez dejaba Punta Ballena. Murió en esta tierra en 1969 y en 1988 España reclamó sus restos que hoy descansan en el cementerio de Montjui.
Su 'jardinero' Ferreres, el padre de Graciela -actual cocinera de Medio y Medio y de Bonet- nació en Argentina y viajó a España, país de sus padres, a los tres años. Allí estudió arquitectura y cuando estalló la guerra civil, se alistó en el ejército republicano. Gracias a su nacionalidad argentina, cuando la guerra terminó, lo embarcaron para Buenos Aires, aunque él se sentía un exiliado español y como tal se juntaba con otros como él en los bares de Avenida de Mayo, entre ellos el Tortoni.
Ferreres recuerda que muchos de ellos prácticamente vivían allí, donde también ofrecían un servicio de barbería.
En ese ambiente la conoció a Xirgu a fines de la década del 30, sin saber que las casualidades los reunirían años más tarde en Punta Ballena. Fue Bonet, que en ese momento trabajaba en Buenos Aires, el que recomendó a Ferreres para que administrara
el loteo. Durante la dictadura uruguaya Ferreres se exilió en Buenos Aires por 20 años, hasta 1995, cuando regresó a Punta Ballena.
Como decía su amiga Xirgu, "no soñar, no esperar, no creer en alguna cosa, es como no existir" y a Ferreres le tiraba volver a ver cómo andaban los cientos de árboles que había plantado en Punta Ballena y ver crecer el sueño de sus hijos: abrir un restaurante de buena cocina española donde también se tocara música. Nacía entonces en 1995 Medio y Medio, su nombre alude a una típica bebida uruguaya hecha con medio vaso de vino blanco y medio de espumante. Hoy, a 15 años de su inauguración, es un referente del jazz en Punta del Este. Por su escenario han pasado incontables músicos argentinos, brasileños y uruguayos en su mayoría, pero también cubanos como el trompetista Paquito D'Rivera y panameños como el pianista Danilo Pérez. Como todo club de jazz que se precie, no tiene butacas cómodas ni acomodadoras bilingües, sino el encanto de un espacio que guarda las chispas que se han sacado los músicos que tocaron allí.
Y si La Solana de Bonet es un edificio emblemático de Punta Ballena, el otro es sin dudas Casapueblo, una escultura donde habita el artista plástico Carlos Páez Vilaró, otro descendiente de catalanes. Cuando todavía el loteo seguía siendo un sueño y no había calles, ni luz ni agua, Páez Vilaró construyó en 1958 una casilla de lata, donde almacenaba puertas, ventanas y materiales para su futura casa. Más tarde algunos amigos lo ayudaron a levantar su primer taller, que llamó “La Pionera”.
Había heredado la pasión por la arquitectura de su madre, y para esta primera construcción usó madera que quedaba en la orilla después de una tormenta y que juntó ayudado por algunos pescadores. En 1960 empezó a cubrirla con cemento y de a poco fue sumando habitaciones. Al contrario del estilo racionalista de Bonet, monumentales rectas de hormigón, Páez Vilaró se resistó siempre al ángulo de 90 grados. Modeló las paredes con sus propias manos usando guantes que creó con restos de cubiertas, casi como si amasara pan. Su ideal es una arquitectura orgánica, suave que imita los movimientos de la naturaleza, en el estilo del útimo período del más grande de los arquitectos catalanes, Antoní Gaudí.
Cada día, el sol se apaga en la bahía de Portezuelo con gente que sigue la ceremonia desde toda la herradura de la playa.
Con la noche llegarán el jazz y la buena cocina. Los árboles se recortan sobre el cielo, estos árboles que están aquí desde la época de Lussich y lo han visto todo.

http://criticadigital.com/revistacfiles/revistac97web_.pdf


Este manifiesto deja al descubierto los ideales de Bonet que hablaban de establecer una continuidad entre el hombre, el paisaje, las técnicas y los materiales de cada zona. Todo esto quedó piedra sobre piedra en lo que hoy es La Solana.
Los muebles diseñados por Bonet están por toda la casa y en especial en los dos salones, el living del entrepiso y el restaurante Bonet, donde las mesas en las que almuerzan y cenan los huéspedes y clientes no hospedados también son las originales.
Y porque todo es una rueda mágica que gira, el restaurante está en manos de Graciela Ferreres, chef del restaurante emblemático en la zona, Medio y Medio, e hija de Juan Ferreres, un argentino hijo de españoles, contratado por Ballena S.A. 50 años antes para administrar el loteo. La cocinera incluyó en el menú varios platos catalanes para hacerle honor a Bonet; entre ellos unas mollejas al cognac con masa de hojaldre, fideua -una especie de paella con fideos cabello de ángel- y crema catalana de postre.
Justamente Rodolfo Merzario -nacido en Necochea-, Juan Ferreres y un tercer argentino fueron los administradores del proyecto desde el inicio, en 1945. Los lotes se fueron vendiendo en cuotas, sobre todo a argentinos. Durante la presidencia de Perón no se podía sacar divisas del país, las cuotas quedaban impagas y los lotes volvían a las manos originales. Finalmente, los socios fueron vendiendo las acciones y Ferreres se quedó con lotes y Merzario con la casa que en 1973 destinó a hostería y restaurante. Sobrevino una época de oro de Solana del mar, nombre original puesto por el propio Bonet, cuando las mujeres iban a cenar vestidas de largo, los mozos atendían de smoking, la mantelería era de hilo y los cubiertos de plata.
Juan Ferreres, de 92 años y único sobreviviente de aquella época, se dedicó al paisajismo. Entre el centenar de jardines que diseñó, estuvo el de una catalana muy especial: Margarita
Xirgu, la actriz preferida de Federico García Lorca y su amiga íntima. En 1936, cuando ella y su compañía iniciaron una gira por Cuba y el estallido de la guerra civil era inminente, lo invitó especialmente a Lorca para que los acompañara, pero el poeta se negó porque estaba terminando de escribir La casa de Bernarda Alba. Nunca más volverían a verse. García Lorca
fue fusilado el 19 de agosto de 1936 y Xirgu jamás regresó a España. Los 13 años que siguieron deambuló por toda América hasta que en 1950 fue por primera vez a Punta del Este invitada por su amigo, el poeta Rafael Alberti. En casa de Alberti conoció a otros exiliados españoles, entre ellos a Antonio Bonet y al médico catalán Juan Cuatrecasas. La Xirgu se hizo amiga de todos y en la casa del médico, construida también por Bonet en 1947, había una habitación para ella y su marido.
Tan cómoda se sintió en Punta Ballena que tres años más tarde, Xirgu construyó su propia casa, la primera en el exilio, frente a la de Cuatrecasas. Seguramente la mezcla de bosque,
sierra y mar le recordaba su Cataluña natal, aunque ella no se cansaba de decir “qué sabios eran los griegos, no te mataban, te exiliaban”.
El arquitecto fue Guillermo Jones Ordiozola y la casa contaba con dos dormitorios y un jardín diseñado por el paisajista Ferreres, apodado "el sordo". Ferreres eligió para Xirgu araucarias, robles, álamos plateados, un cedro azul y un castaño de la India y la propia actriz agregó un rosal de Sevilla que daba flores naranjas en verano. En esta casa la actriz y su marido fueron felices: recibían a sus amigos, el actor catalán Alberto Closas, a Alberti y a Pablo Neruda. En 1959, cuando tenía 72 años, se instaló definitivamente en la casa. Le gustaba leer en el jardín o junto a la chimenea, caminaba mucho por la playa y rara vez dejaba Punta Ballena. Murió en esta tierra en 1969 y en 1988 España reclamó sus restos que hoy descansan en el cementerio de Montjui.
Su 'jardinero' Ferreres, el padre de Graciela -actual cocinera de Medio y Medio y de Bonet- nació en Argentina y viajó a España, país de sus padres, a los tres años. Allí estudió arquitectura y cuando estalló la guerra civil, se alistó en el ejército republicano. Gracias a su nacionalidad argentina, cuando la guerra terminó, lo embarcaron para Buenos Aires, aunque él se sentía un exiliado español y como tal se juntaba con otros como él en los bares de Avenida de Mayo, entre ellos el Tortoni.
Ferreres recuerda que muchos de ellos prácticamente vivían allí, donde también ofrecían un servicio de barbería.
En ese ambiente la conoció a Xirgu a fines de la década del 30, sin saber que las casualidades los reunirían años más tarde en Punta Ballena. Fue Bonet, que en ese momento trabajaba en Buenos Aires, el que recomendó a Ferreres para que administrara
el loteo. Durante la dictadura uruguaya Ferreres se exilió en Buenos Aires por 20 años, hasta 1995, cuando regresó a Punta Ballena.
Como decía su amiga Xirgu, "no soñar, no esperar, no creer en alguna cosa, es como no existir" y a Ferreres le tiraba volver a ver cómo andaban los cientos de árboles que había plantado en Punta Ballena y ver crecer el sueño de sus hijos: abrir un restaurante de buena cocina española donde también se tocara música. Nacía entonces en 1995 Medio y Medio, su nombre alude a una típica bebida uruguaya hecha con medio vaso de vino blanco y medio de espumante. Hoy, a 15 años de su inauguración, es un referente del jazz en Punta del Este. Por su escenario han pasado incontables músicos argentinos, brasileños y uruguayos en su mayoría, pero también cubanos como el trompetista Paquito D'Rivera y panameños como el pianista Danilo Pérez. Como todo club de jazz que se precie, no tiene butacas cómodas ni acomodadoras bilingües, sino el encanto de un espacio que guarda las chispas que se han sacado los músicos que tocaron allí.
Y si La Solana de Bonet es un edificio emblemático de Punta Ballena, el otro es sin dudas Casapueblo, una escultura donde habita el artista plástico Carlos Páez Vilaró, otro descendiente de catalanes. Cuando todavía el loteo seguía siendo un sueño y no había calles, ni luz ni agua, Páez Vilaró construyó en 1958 una casilla de lata, donde almacenaba puertas, ventanas y materiales para su futura casa. Más tarde algunos amigos lo ayudaron a levantar su primer taller, que llamó “La Pionera”.
Había heredado la pasión por la arquitectura de su madre, y para esta primera construcción usó madera que quedaba en la orilla después de una tormenta y que juntó ayudado por algunos pescadores. En 1960 empezó a cubrirla con cemento y de a poco fue sumando habitaciones. Al contrario del estilo racionalista de Bonet, monumentales rectas de hormigón, Páez Vilaró se resistó siempre al ángulo de 90 grados. Modeló las paredes con sus propias manos usando guantes que creó con restos de cubiertas, casi como si amasara pan. Su ideal es una arquitectura orgánica, suave que imita los movimientos de la naturaleza, en el estilo del útimo período del más grande de los arquitectos catalanes, Antoní Gaudí.
Cada día, el sol se apaga en la bahía de Portezuelo con gente que sigue la ceremonia desde toda la herradura de la playa.
Con la noche llegarán el jazz y la buena cocina. Los árboles se recortan sobre el cielo, estos árboles que están aquí desde la época de Lussich y lo han visto todo.
(
La Solana Del Mar,Punta Ballena,Uruguay 1945-1947
Foto Victoria Bonet 1999
Interior de La Solana Del Mar
Muebles originales diseñados todos por Antonio Bonet

Foto Victoria Bonet 1999
Cubierta de La Solana Del Mar
Chimenea de "Trencadis"

Fotografía Victoria Bonet 1999
Antonio Bonet y su mujer,Ana Maria Martí Abelló,
delante de la cabaña donde vivieron tres años,
mientras se contruia Punta Ballena.

Archivo Victoria Bonet

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